La Plumilla

Elías tenía casi una hora dibujando un venado y la cosa iba bien. El trazo a lápiz estaba terminado y ahora venía la parte que separa a los amateurs de los verdaderos dibujantes – el entintado. En vez del estilógrafo escogió una plumilla, una herramienta difícil y a veces impredecible pero que daba un aspecto orgánico y clásico a los dibujos. Al estirar el brazo para llenar la plumilla con tinta de un frasco sintió un pequeño espasmo en su mano. Elías no le dio importancia y empezó el entintado cuidando de no arruinar el dibujo, cosa común con la plumilla que a veces hace lo que quiere. De nuevo sintió el espasmo, esta vez más fuerte causando una línea algo chueca, pero no le importó, era solamente un boceto para soltar la mano y no perder la práctica. Continuó entintando, pero los pequeños espasmos en su mano derecha no cesaban causando líneas erráticas. Decidió darse un descanso y estirar sus dedos pero al regresar y llenar la plumilla una gruesa gota de tinta cayó sobre el dibujo. Buscó de inmediato un algodón para absorber la gota y minimizar el daño, pero al acercar el algodón vio que los trazos erráticos habían hecho en el pelaje del venado un rostro, crudo pero ahí estaba. El último toque fue la gota de tinta que formaba una boca... gritando. 


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